Putos breves

ficción jedionda

Empañada tenía la vanidad el puto. Lo admitió tarde, pero lo admitió. Como tantas locas, tantas mujeres, tantas encerradas, enceradas, tantas encerronas, tantas presas de su propia carne, como muchos, el puto entendía el amor como se comprende en lo material el concepto “propiedad privada”. Como un tesoro lo entendía; tan evidente esto siempre en los que hacen lo que tienen que hacer siempre dentro del marco de lo que uno es. El puto es puto, y este puto, que como todos los putos hace cosas de putos, primero difusa, después empañada y al final disuelta toda su vanidad se anuló, con gusto, ante la resonancia tan bien escuchada del tono del encargado de pañol del obraje de enfrente –un muchacho de 19 o 20 años, morrudo y cuadrado, venido de Resistencia hacía apenas 3 tres días- que muy borracho de caña Palanca, antes de las 6 de la mañana, se dejó avanzar por el puto que desde hacía dos días atrás venía mirándolo desde la casa de enfrente. Se fumaron tres porros en una hora. El puto lo vio hermoso como lo increado. El chaqueño no se cuestionó cómo se le endurecía la verga al mirar al puto moverse. El puto después supo que algunos quesos se soportan más que ciertas cláusulas bancarias. Al otro día, el obraje no abrió. Al día siguiente volvieron a trabajar. Pero el chaqueño no fue. No fue nunca más en realidad. El puto pensó lo que piensa siempre sobre –dice él- “esta gente” y se dedicó a seguir embarrando su vanidad. Suponer un bienestar, digamos. Al chaqueño lo atropelló una Ford F100 modelo 1976, cuyo conductor no vio a bicicleta que iba delante suyo, a la altura de Junín, y que conducía el chaqueño borracho y vaciado de leche gracias a la virtud de saber, el puto, combinar la lengua con su glotis.  

Empañada tenía la vanidad el puto. Lo admitió tarde, pero lo admitió. Como tantas locas, tantas mujeres, tantas encerradas, enceradas, tantas encerronas, tantas presas de su propia carne, como muchos, el puto entendía el amor como se comprende en lo material el concepto “propiedad privada”. Como un tesoro lo entendía; tan evidente esto siempre en los que hacen lo que tienen que hacer siempre dentro del marco de lo que uno es. El puto es puto, y este puto, que como todos los putos hace cosas de putos, primero difusa, después empañada y al final disuelta toda su vanidad se anuló, con gusto, ante la resonancia tan bien escuchada del tono del encargado de pañol del obraje de enfrente –un muchacho de 19 o 20 años, morrudo y cuadrado, venido de Resistencia hacía apenas 3 tres días- que muy borracho de caña Palanca, antes de las 6 de la mañana, se dejó avanzar por el puto que desde hacía dos días atrás venía mirándolo desde la casa de enfrente. Se fumaron tres porros en una hora. El puto lo vio hermoso como lo increado. El chaqueño no se cuestionó cómo se le endurecía la verga al mirar al puto moverse. El puto después supo que algunos quesos se soportan más que ciertas cláusulas bancarias. Al otro día, el obraje no abrió. Al día siguiente volvieron a trabajar. Pero el chaqueño no fue. No fue nunca más en realidad. El puto pensó lo que piensa siempre sobre –dice él- “esta gente” y se dedicó a seguir embarrando su vanidad. Suponer un bienestar, digamos. Al chaqueño lo atropelló una Ford F100 modelo 1976, cuyo conductor no vio a bicicleta que iba delante suyo, a la altura de Junín, y que conducía el chaqueño borracho y vaciado de leche gracias a la virtud de saber, el puto, combinar la lengua con su glotis.  

  • 13 Julio 2012
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