Putos breves

ficción jedionda


Un mozalbete de equívoca fama que usaba los shorts usados que alguna vez usó Tarantini en un mundial de fútbol: Noble y acorde no diagramar nada que no se pueda, antes o después, volver sobre sí y voltearse. Eso me digo. Darle al darme otro ámbito, otra esfera, otra cartera de clientes. Me hablo. Si lo primero es saber respirar, me digo, lo segundo es saber qué hacer cuando autónomo a mí, digamos, mi cuerpo físico respire al compás de su función clara: esparcirme en un montón que yo mismo quise y que ahora todo eso está acá. Eso es esto. Y no he de plantear aquí cualquier refute sobre la liviandad de esto. Saber lo que el otro quiere hacerme saber. Eso es esto. Una confluencia anodina de ocurrencia, tal vez. Casi. Aparece en cualquier charla devenida cualquier factor interno o externo de uno en el otro, casi, en un espacio cerrado común, siempre, resulta más invisible. La pérdida del sentido de la acción que se entiende por un, digamos, hacer. Hacer. Quizás para mañana sea tarde. Pero, por encima de todo, me digo acá, una (hasta) casi impropia obligatoriedad, fatal, inevitable desazón hace conflicto y se me impone no dejar, me digo, margen a la validez de, justamente, serle competente al inválido no de nacimiento que imposiciona que, como el incesto, es intolerable este interminable circulear alrededor de todos los giros que, exagerados muchas veces, no son ni sos ni soy, me digo, capaz de establecer, al menos, una excusa para no ser, más adelante, un condenado culposo, para no desgarrada ya entera la segmentación y fracturado, liviano como una caña Legui, ser sujeto a un magisterio ajeno y, las más de las veces, injurioso para tapar lo envidioso.

Un mozalbete de equívoca fama que usaba los shorts usados que alguna vez usó Tarantini en un mundial de fútbol: Noble y acorde no diagramar nada que no se pueda, antes o después, volver sobre sí y voltearse. Eso me digo. Darle al darme otro ámbito, otra esfera, otra cartera de clientes. Me hablo. Si lo primero es saber respirar, me digo, lo segundo es saber qué hacer cuando autónomo a mí, digamos, mi cuerpo físico respire al compás de su función clara: esparcirme en un montón que yo mismo quise y que ahora todo eso está acá. Eso es esto. Y no he de plantear aquí cualquier refute sobre la liviandad de esto. Saber lo que el otro quiere hacerme saber. Eso es esto. Una confluencia anodina de ocurrencia, tal vez. Casi. Aparece en cualquier charla devenida cualquier factor interno o externo de uno en el otro, casi, en un espacio cerrado común, siempre, resulta más invisible. La pérdida del sentido de la acción que se entiende por un, digamos, hacer. Hacer. Quizás para mañana sea tarde. Pero, por encima de todo, me digo acá, una (hasta) casi impropia obligatoriedad, fatal, inevitable desazón hace conflicto y se me impone no dejar, me digo, margen a la validez de, justamente, serle competente al inválido no de nacimiento que imposiciona que, como el incesto, es intolerable este interminable circulear alrededor de todos los giros que, exagerados muchas veces, no son ni sos ni soy, me digo, capaz de establecer, al menos, una excusa para no ser, más adelante, un condenado culposo, para no desgarrada ya entera la segmentación y fracturado, liviano como una caña Legui, ser sujeto a un magisterio ajeno y, las más de las veces, injurioso para tapar lo envidioso.